Casi todos vamos a tener dolor lumbar alguna vez, y la enorme mayoría mejora sola. El problema es no saber distinguir ese caso del que sí necesita una consulta. Acá está la línea.
Te agachaste a levantar algo, o simplemente te paraste raro de la silla, y la espalda baja se cerró. La pregunta que sigue siempre es la misma: ¿esto se me pasa o tengo que ir a que me vean?
Vale la pena responderla bien, porque el dolor lumbar es de las quejas más comunes que existen y también de las más sobretratadas. La mayoría de los episodios no tiene detrás una lesión grave y mejora en semanas. Pero hay un puñado de señales que cambian por completo la conducta, y esas conviene tenerlas claras de antemano.
Lo más probable: dolor lumbar inespecífico
Se llama así —inespecífico— justamente porque no se le encuentra una causa estructural única. No es un diagnóstico de descarte perezoso: es la categoría a la que pertenece la gran mayoría de los dolores de espalda baja.
Suele verse así: el dolor aparece después de un esfuerzo o de un mal movimiento, se siente en la zona baja de la espalda y a veces en las nalgas, empeora con ciertos movimientos y mejora al cambiar de posición. Puede doler bastante. Doler mucho no significa que haya algo roto.
Lo que más sorprende a la gente es el pronóstico: este tipo de dolor tiende a mejorar solo, y lo que más ayuda no es el reposo sino lo contrario.
Las señales que sí cambian la conducta
No todas pesan igual, y conviene separarlas por nivel. Estas son de atención inmediata, el mismo día y sin pensarlo:
- Dolor, hormigueo, debilidad o adormecimiento en las DOS piernas.
- Pérdida de sensibilidad alrededor de los genitales o el ano.
- Cambios para orinar o para controlar el intestino: te cuesta orinar, o se te escapa.
- Dolor en el pecho junto con el dolor de espalda.
- Que haya empezado después de un accidente serio, como uno de tránsito.
Estas otras piden una consulta pronta, sin dejarlas para la próxima semana:
- Sentirte afiebrado, con escalofríos o mal en general, además del dolor.
- Dolor intenso que empieza de golpe, o que empeora rápido.
Y estas ameritan consultar sin urgencia, pero sin postergarlo indefinidamente:
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Crear mi cuenta gratis- El dolor no mejora después de unas semanas de cuidarlo en casa.
- Te está impidiendo hacer tu vida diaria.
- Bajaste de peso sin proponértelo.
- Hay un bulto o hinchazón en la espalda, o te cambió la forma.
- Estás preocupado o te cuesta sobrellevarlo. Eso solo ya alcanza.
Ninguna es motivo de pánico. Son motivo de que alguien mire, en vez de que esperes.
La radiografía casi nunca es el primer paso
Es contraintuitivo, pero pedir imágenes de entrada en un dolor lumbar común no suele cambiar el tratamiento, y sí suele empeorar la experiencia. Las resonancias encuentran hallazgos —desgastes, protrusiones, discos que no están perfectos— en muchísimas personas que no tienen ningún dolor. Ver esas palabras en un informe asusta, y el miedo hace que uno se mueva menos, que es justo lo contrario de lo que ayuda.
Las imágenes entran cuando hay alguna de las señales de arriba, o cuando el cuadro no evoluciona como debería. No como primer reflejo.
Qué sí ayuda mientras tanto
Lo que la evidencia sostiene es bastante sobrio, y esa sobriedad es buena noticia: significa que casi todo está en tus manos.
- Seguir moviéndote dentro de lo que tolere el dolor. El reposo en cama prolongado empeora el pronóstico.
- Volver a la actividad habitual lo antes posible, aunque sea a media máquina.
- Calor local para aflojar, si te alivia.
- Analgesia simple si hace falta, por el menor tiempo posible y consultando si la usas más de unos días.
Y una que no suena a tratamiento pero pesa: dormir mal amplifica el dolor, y el dolor rompe el sueño. Si llevas varias noches malas, ese círculo está aportando más de lo que parece.
El jueves seguimos
Este jueves vamos a la parte práctica: qué hacer exactamente en las primeras 48 horas de un episodio, que es cuando se toman las decisiones que alargan o acortan todo lo demás.
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